Escritos de Irina Polà - Pepita Garcìa
   
 
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Marìa Josefa Garcìa Granados

El ayer de nuestra Guatemala posee toda clase de manifestaciones humanas e individuales… desde la tristeza colectiva de un pueblo que ha librado duras luchas en aras de la Libertad, al precio de sangre noble y valiente; hasta la felicidad de haber obtenido grandes triunfos para la felicidad de la Patria… Desde las glorias y venturas que engendran las grandes obras, hasta el legítimo rechazo que provocan actitudes poco dignas… Desde un abolengo de sentimientos nobles enraizados a un pasado común, hasta la expresión sencilla de un pueblo, que se expresa en sus costumbres y en su folklore. Así también la pluma del escritor y poeta, figura en ese pasado como una histórica crónica redactada en duradas letras, que engrandecen los hechos dados al realzarlos con calidad literaria…
En la época post-independencia de nuestra historia, sucedieron hechos de muchos ignorados, así, como de personajes que han significado en la vida política del país… Y entre las mujeres de éstos años descolló la figura de:María Josefa García Granados, una célebre poetisa cuyo nombre debe permanecer escrito con caracteres indelebles, en la memoria de todo guatemalteco.
El 10 de julio de 1796, venía al mundo quien llegaría a ser la llamada: Ruiseñor de los Estudiantes, y la más fina pluma, contra la que chocarían casi todos los prohombres de Guatemala del primer tercio del siglo pasado. En 1818 contrajo matrimonio con Don Ramón Saborío natural de Nicaragua, en la Iglesia de El Sagrario, y tuvo por padrino, al inolvidable canónigo José María Castilla, tan ligado a la naciente Guatemala.

Era María Josefa García Granados, hermana del inolvidable Don Miguel, un gran luchador de la Libertad y protagonista de la Revolución de 1871. Leamos cómo describe Don Miguel a su hermana: “Mujer de genio independiente, despreocupada, de mucho ingenio y travesura, con gran facilidad para versificar y mucho chiste en sus sátiras. Era lo que puede llamarse un ente original y de trato peligroso. ¡Pobre de aquel a quien le ponía la puntería!...”.
Desde antes de 1821, fue asidua concurrente a las tertulias del canónigo Don José María Castilla y amiga de mezclarse en las cosas públicas. Por el año de 1830, escribió unos retratos de los principales corifeos del partido triunfante, sin perdonar sus esposas, en cuanto uno más extenso el General Morazán. Todos eran sangrientos. Estos retratos comenzaron a correr manuscritos; la gente se los arrebataba y casi no había quien no se los supiese de memoria.
Algunos de los maltratados pusieron el grito en el cielo y la autoridad se vio al fin obligada  a proceder contra ella. Prosigue en su relato Don Miguel García Granados: “Un día por la mañana, fue un oficial a prenderla y entró a su dormitorio a hora en que no se había levantado. Mi hermana se indignó de que entrase a su cuarto, cuando aún estaba en la cama, y con aire de autoridad le mandó que saliese y que aguardase a que se vistiese. El oficial se excusó diciendo que ignoraba que estuviese en la cama, y salió para aguardarla a que se levantase. Entre tanto mi hermana se vistió aceleradamente, tomó por la hilera de cuartos, entró a la huerta, las criadas le pusieron una escalera, entró a la azotea, se pasó a la casa de junto en donde vivían tres ancianas que le proporcionaron medio para bajar y le dieron un vestido de criada, con lo cual disfrazada salió a la calle y se escondió en la casa de un amigo, burlando así al oficial el cual, después de aguardar mucho tiempo, supo que su presa había escapado”.
Se sabe que pocos días después, Pepita se fue a Bárcena y de allí se le facilitó su salida hacia Chiapas el que efectuó sin ser molestada, lo que prueba el poco empeño que había por aprehenderla… Cuando llegó a ciudad real, comenzó a escribir de nuevo contra todos los principales liberales, residentes en Guatemala. Estando allá principió a padecer histeria. Escuchemos la narración de Don Miguel: “Empezó mi hermana a padecer de histeria, que es de todas las enfermedades, la que menos interés causa para con quien la padece. Los ataques los tenía por la mañana, al despertar, que era regularmente a eso de las ocho; comenzaba a llorar, decía que era la mujer mas desgraciada del mundo, que se hallaba enferma de gravedad y que temía morir ese día. Se impacientaba conmigo llamándome monstruo, desnaturalizado y que se yo que más, por que no dándole importancia a su enfermedad, procuraba seguir durmiendo. A eso de las diez, le iba pasando el acceso, nos levantábamos y desayunábamos juntos, ella mas abundante que yo…”.
Pepita comenzaba a padecer de una seria afección pulmonar, lo que no impedía su labor de satirizar a cuanto se le antojaba, ni su afición a la política.
Una de sus más encarnizadas aversiones, se la proporcionaba el prócer Doctor Pedro Molina:

 

¿Veis ese rostro amarillo

con esos ojos hundidos

la boca de sepultura

con cuatro dientes podridos?

¿Veis su cuerpo que parece

momia, esqueleto o espina…?

¡Esa es la arpía Molina!

 

En 1837, Guatemala fue solada por la epidemia del cólera morbos. Las lenguas hicieron correr la bola de que el Jefe de Estado, por entonces Don Mariano Gálvez, había ordenado envenenar el agua, y el pueblo crédulo entro en franca rebelión. Los mismos médicos de entonces tuvieron algo de culpa porque se negaban a ir donde el gobierno los destinaba, para combatir el mal, y otros se opusieron terminantemente a las medidas que se tomaban para evitar el mal y su propagación.

Pero, no solo los acontecimientos políticos servían de inspiración a la traviesa musa de Pepita García Granados, sino también los hechos trágicos y dolorosos, que en sombrío contraste desgranaban notas festivas de la lira. Tal es el Boletín del Cólera Morbus, escrito cuando aquella terrible epidemia asolaba al Estado, sumiéndolo en un torbellino de llanto y de muerte. Este poema, fue usado por la rebelde Pepita, como respuesta ante el llamado Receta contra el Cólera Morbus y toda pestilencia; escrito por Don Pedro Molina.

El Boletín de Pepita, esta escrito en forma dramática, y en el intervienen siete personajes, que corresponden a siete médicos, los mas ilustres y queridos de aquel tiempo. Es una donosa burla a estos galenos, al boletín de Molina y sobre todo, a las medidas dictadas por el gobierno…

Dicho Boletín, hizo rabiar o reír a la reducida sociedad guatemalense de entonces. Una sociedad que languidecía atacada inmisericordemente por la peste. Sólo Pepita fue capaz de lograr que se dibujara una sonrisa, en el entristecido rostro de los guatemaltecos;

 

Música entre las tripas, desaliento,

Pródromos, hipo, gesto ceniciento,

Orejas espirales, ojos vizcos,

Como si les tiraran de pellizcos.

¡Pronóstico fatal!... A la carreta,

Si no adoptasen nuestra gran receta.

 

Pulso versátil, duro, caprichoso,

Cutis picudo, seco arrugado,

la faz oblonga, con dieciocho listas,

de amarillo y azul, verde y morado;

evacuaciones pardas y celestes,

calambres de un color rojo atesado,

tres lobanillos sobre las narices,

el paciente con cara de abogado,

de estos que ahora han perdido la chabeta,

¡Pronóstico terrible!... a la carreta.

 

El tiphus se apodera del cerebro,

se pone el hombro tieso y aplomado,

hay ansiedad albina y prepotente,

el eco de la voz sale aflautado,

las tripas se voltean cual calceta;

¡Pronóstico endiablado!... a la carreta.

 

Sus composiciones conocidas, son muy pocas, sin embargo, de sus poemas como de sus referencias a su vena satírica, algún relámpago iluminador queda, para conocer su especial temperamento e inteligencia, que tan bien se acoplaron con el temperamento de José Batres Montúfar, su amigo estrechísimo, quien posiblemente se vio influido por Pepita, cuando escribió Las Falsas Apariencias, Don Pablo y El Relox. Amistad que consta por doquiera. Se sabe que asistían a las tertulias de la residencias de las aristocráticas hermanas Felipa y Antonia Montúfar y Coronado, en donde se recitaban los mejores poemas de Zorrilla, y se discutía acaloradamente sobre los últimos acontecimientos políticos y sociales.

También en el altillo de la casa de José Batres Montúfar acudía María Josefa, y personajes de la época como, los canónigos Castilla y Larrazábal; el Mariscal Zavala, los inseparables hermanos Montúfar y Coronado, el lic., Manuel Arrivillaga y Zepeda. En este famoso altillo, se comentaban y discutían las ocurrencias públicas y privadas, se hablaba mal del prójimo y seguramente del gobierno. Manuel Palomo o Camote, ante la asamblea de contertulios, relató e hizo deducciones, de la broma pícara de Nana Lipa Montúfar, que había hecho la víspera, a un grupo de diputados.

Ante un silencio que sentíase burlón, el informante dio detalles de la travesura de su tía, que él calificaba de imprudencia temeraria. Pero, ¿Qué había hecho esta dama para provocar la indignación y el temor de Manuel Palomo?

Pues nada menos que retener los desagües de su casa, que entonces corrían a flor de calle, y dar salida a las aguas negras en los precisos momentos en que pasaban frente a la casa de Montúfar, muchos representantes del pueblo. Estos volvían de la asamblea; y no obstante que iban tan abstraídos en la reflexión de los problemas patrios, se dieron cuenta del rió que creció a su paso y de su propio ridículo, al saltar y correr para librarse de la inmundicia que los perseguía. Algunos de los señores diputados tuvieron el valor cívico, de mirar hacia las ventanas de la casa Montúfar, en la 9av y 9ª calle oriente, y la afrenta mas grave todavía, de distinguir las siluetas de Doña Felipa y Doña Antonia Montúfar, de la Pepita García Granados y de otras damas, que reían a mas no poder tras los visillos de las ventanas.

Uno de los padres conscriptos hasta creyó haber visto entre las señoras nombradas y detrás de ellas, a Casilda, la negra esclava de la casa Montúfar, que siguió con sus mismos amos, después de abolida la esclavitud, y que Casilda era libre lo probaba… ¡desagradecida!, su insolencia ahora de reírse de quienes la habían manumitido. Nos dice al respecto don Jorge Luis Villacorta: “El ultraje no fue solo para los diputados que lo sufrieron directamente, sino también para toda la representación nacional, que lo recibió de rebote”.

Y el relator, transfigurado en patriota y tribuno, veía duelos, fusilamientos y ríos de sangre, más caudalosos que el que lo motivaba.

 

Pero también la cuerda del amor vibró en la lira de nuestra poetiza:

 

La aurora de mi dicha,

cual niebla desaparece,

y en su lugar se ofrece

funesta realidad.

negros presentimientos

mi triste pecho agitan;

y el llanto en mi excitan

no enjuga la amistad.

 

¡Oh madre!, que tu espíritu,

desde el cielo en que mora,

en mi última hora

sostenga mi valor.

y tú virtud celeste

que adora el pecho mío,

perdona el extravío

de mi funesto amor…

 

El dolor es la ley de la humanidad y no escapo a ella nuestra escritora, y tuvo como todos los humanos a su hora de abatimiento, pero entonces su alma naturalmente noble y creyente, ascendía a los cielos en busca de sostén y amparo.

Otra faceta de su vida, es la de haberse dedicado al periodismo, cosa rara en la mujer guatemalteca de aquél entonces, máxime porque la sociedad era menos despreocupada de la de hoy, y por lo tanto, mas meticulosa y asustadiza. Se sabe que Pepita tomó porte de la redacción de dos periódicos, de carácter político-literario.

Allá en los tumultuosos años del segundo período del Dr. Mariano Gálvez, algunos liberales guatemaltecos, publicaron en la república del Salvador, un periódico de combate titulado; Diez Vez Diez. Para contestar a ese periódico doña Josefa, en unión de su primo y amigo José Batres Montúfar, el popular poeta romántico, funda otro llamado Cien veces Una, cuyo primer número, estaba encabezado con la siguiente redondilla:

 

Cien veces una te envío

a cambio de Diez veces Diez,

ya que has hurgado otra vez

al hormiguero, hijo mío.

 

Fácilmente comprenderá que un periódico redactado por ingenios tan chispeantes e intencionados, como Pepita García y José Batres Montúfar, tenía que resultar correcto en el ataque y hábil en la defensa.

Huelga decir que al fin de ese periódico era político principalmente, pero que no faltaban en este, trabajos literarios reveladores de las dotes artísticas de los autores.

El 12 de agosto de 1837, circularon en esta capital impresos hirientes contra la poetiza María Josefa García Granados. Cada una de esas poesías llevaba distintas iniciales. Se le atribuyen a Ignacio Gómez, amigo del Dr. Mariano Gálvez.

La respuesta de Pepita no se hizo esperar, salín los impresos del taller de la Academia de Estudios, y antes de ser publicados, eran leídos en las tertulias de las señoritas Montúfar, arrancando la hilaridad de damas y caballeros.

El 15 de agosto, en plena feria de Jocotenango, repartieron otros versos contra la poetiza, llamándola Esposa del Judío Errante. Tronó Doña Pepita, y enderezó de nuevo dardos emponzoñados contra Don Pedro Molina, sobre el que llovieron estrofas de olor subido, creyendo que él era el autor de tales sátiras. Fastidiado el prócer con la actitud agresiva de Pepita, escribió una composición poética, que comenzaba así:

 

Plegado figurín de pergamino

cuyas carnes no son cargo ni data,

de estupenda nariz triste posdata

a quien la barba asalta de continuo…

 

De todo este ir y venir de sátiras recalcitrantes, surgió un odio profundo entre el poeta Ignacio Gómez y la poetiza. Y aquí una rara coincidencia, pagaron su tributo a la tierra Dn. Ignacio y Dña. Pepita, siendo sepultados por casualidad, en dos tumbas con sencillo muro de por medio, en la capilla de San Juan de Dios. Separados por la antipatía en vida, los unió el destino en muerte, confundiendo sus cenizas a impulsos del terremoto que asoló la capital de Guatemala en 1917-18.

Hemos recordado a una especial figura inmersa en nuestro pasado histórico; la genial María Josefa García Granados, gloria literaria de nuestra Guatemala…

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